
Sin textualizar (más por cuestiones del copyright, culpemos a mi nada entrenada memoria), acudiré a Lord Byron para envolver, con lazo y todo, el momento que vivo: el inglés tradujo con elegancia la pérdida del amor como parte de un viaje que todos necesitamos para ubicarnos en el mundo, y así saber si realmente pertenecemos a él. Debo confesarlo: la última parte de la sentencia es propiedad de este humilde y desempleado escribidor.Híbrido entre predestinacionismo, injusticia boba e ironía consumada, la vida amorosamente cardiaca me jugó una patinada de aquellas y de éstas. La perdí por segunda vez y trato de esbozar la sonrisa que certifique mi tranquilidad; pero no, me descuadró la vida su segunda partida, entre los húmedos días del maldito septiembre y otros tantos nuevos libros de su inmortal biblioteca ambulante. Recuerdo haberle escrito a un conjunto de conocidos sin rostro sobre su primera huída, hace casi exactamente tres años; tan mal escrito como lo sigo haciendo, en aquel lejano correo electrónico grafiqué la mueca de pesadumbre que me invadió el saber que Ella se iba. Y sucede de nuevo, con los mismos colores, en el again más insufrible y harto previsto, pues La Dama de Turquesa retorna al Chicago que aún no puede con ella.Febrilmente –finales de un resfriado mal curado- disfruté de verla nuevamente: tan diosa Calypso Colapso y soberana mitológica, too much. Bello reflejo de luz parpadeante que aún empeña su rostro y que, en otroras días de peregrinación sanisidrina, subordinaba la ínfima galantería que uno puediera tener entre los glóbulos rojiblancos (peruanísimos, eso sí). Me encontré otra vez con aquel andar que engatuzó con alevosía y ventaja mis sentidos, mortalizándolos al extremo de querer fotografiarla en blanco y negro para poder robar algo de ella, un poco siquiera. Y con la misma voz que entonó alguna vez un inaudito poema en otra inaudita noche de irregulares gustos, como los de siempre más que los de ahora. Gracias a los dioses de que aún siga como la conocí en San Felipe; con la ambigüedad maquillada de provocación y la gracia que encaminó días en los que yo no tenía ánimos de querer seguir en pie. Quizás a rastras, pero Ella continuaba con las fuerzas necesarias para cogerme con su nívea mano sin sortijas, pese a que ahora se autoproclame La Señora de los Anillos. Cosas que el buen John Ronald Reuel, de seguro, no midió como consecuencias de su obra.La cita fue el cuarto día de aquel mes que goza con verme sufrir entre sus lunas, el septiembre que crece conmigo y con los años. Además de ser el día de mi cumpleaños, por si ya lo olvidaste (voluntariamente, espero).Día nublado, felizmente. Como aquellas tardes que añoramos mutuamente de nuestros pasados. Ella misma me abrió la puerta que yo azoté en el 2000 cuando nos despedimos a grito pelado. Su madre estaba en el departamento –suerte de PopArt y Neoclásico (¿?)- y así los tres pudimos mantener de excelente ánimo la conversa, con la fiel Telestereo como soundtrack del encuentro. Fue hasta ver por la ventana cómo se teñía de atardecer la Bajada Balta que fugamos; La Dama de Turquesa y yo sobrevolamos las calles y aterrizamos en Manolo’s y tomamos el chocolate más cabizbajo y más bolero de mis acompasados cortos años, pero feliz tristeza, después de todo. Claro, algunos churritos que la ley manda y la mesita número tres que está en la acera de la avenida Larco. Caminamos rezando por la llovizna que nunca llegó. Entramos a La Familia, nueva santa sede literaria que se convierte en la sucursal de aquella librería que vive solapadamente en la inmensidad miraflorina. Bueno, la doña sigue atendiendo en el antiguo local prodigando bondades narrativas y esperando a que Sabina vuelva, pues se está demorando; aunque últimamente la Doña se está inclinando por los libros de autoayuda, algo que todos le perdonamos. Mi Dama Que Se Fue compró “La Fábula” de Faulkner, el siempre presente Willie; a mí me regaló “La Balsa de Piedra”, de Saramago, libro que esperó el momento adecuado para llegar a mis manos. Ambos títulos se inscribieron, sin quererlo, en la lista de recuerdos que, cual dictador, no querré olvidar.A las cercanas diez de la noche volvimos a su departamento y lo encontramos sin alguien. Juro que no sé si existió emboscada ingeniada por madre-hija o fue que a su madre se la tragó la tierra sin aviso alguno. El hecho es que estuvimos solos, escuchando aquel disco de Simply Red que le regalé hace años y el cual carga sin pasaporte en cada uno de sus (des)conocidos rumbos. Inminente noche canícula la que vivimos y desvivimos; noche que, por pulcritud y harto recelo, no relato. Lógico, ¿no?Al estar escribiendo esto, Ella ya debe estar estudiando publicidad en NoSeCuál lugar de Illinois. La deseo demasiado, pero fui yo quien se alejó, pese a quedarme. Aunque, de preferencia, utilizo la calificación patentada por los hermanitos Coen en su filme: soy “El Hombre Que Nunca Estuvo Aquí”, y así lo sintió Ella, siempre. Yo también. Me despido, esperando lograr la reconexión que ni tú ni yo deseamos en el fondo, pero que (de mi parte, al menos) necesito, con distancia kilométrica y todo. ¡Mecacho, Mafalda!
Lima, 02 de octubre del 2003. Con los errores susurrando al oído.
(CARTA A KATSUO - OCTUBRE, 2003)
Lima, 02 de octubre del 2003. Con los errores susurrando al oído.
(CARTA A KATSUO - OCTUBRE, 2003)

1 comentario:
Por fin me haces caso, flaco. Ahora sí quedará en la red para quien quiera leerlo, lo que me escribes. A diario.
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